No llevaba ni dos décadas en este mundo, cuando se convirtió en la primera mujer ilustradora de Chile del siglo XX.
Fue hija de un inmigrante francés y una madre chilena y nació en Gorbea, Provincia de Cautín, Región de La Araucanía. A pesar de no haber concluido sus estudios secundarios ni haber seguido una carrera universitaria, cultivó desde pequeña la pasión por el dibujo, la que la llevó a repuntar en el campo de la ilustración. En Gorbea, cuenta en sus autobiografías, vivió una infancia muy feliz con sus primos y la naturaleza, entremedio de bosques, lo que la hacía imaginar que vivía entre hadas y fantasías.
Cuando falleció la abuela se fueron a vivir a Santiago, no tenían mucho dinero, pero recuerda Elena: “por suerte papá (que era un hombre dulcísimo) me compraba todos los sábados El Peneca. Aquellas lecturas y los maravillosos dibujos de Coré, me hacían soñar cosas bonitas y fantásticas que alegraban mi vida”. Coré fue muy importante en su carrera, pues llegaron a él algunos de sus dibujos lo que le abrió camino a comenzar a los 14 años como ilustradora de cuentos infantiles para la Editorial Zig-Zag, entonces a cargo de Elvira Santa Cruz, convirtiéndose en la primera mujer ilustradora del siglo XX en Chile.
En 1941 participó en el acta de constitución de la Alianza de Dibujantes de Chile, que firmó junto a las ilustradoras Ester Cosani, Carmen Eysaud y Elizabeth Wilkens. Ingresó a la Academia de Bellas Artes e hizo tres cursos breves en la Universidad de Chile (Literatura Hispano-Americana, Poesía Chilena y Francés). En ese tiempo ilustró cuentos folklóricos de Mariano Latorre, Luis Durand, Manuel Rojas y otros.
En 1947, ingresó al Coro de la Universidad de Chile dirigido por Mario Baeza. En 1948 fue llamada por el Teatro Experimental de la Universidad de Chile para diseñar los trajes de la obra “Morir por Catalina” de Santiago del Campo, de ambiente colonial.
En 1952 ganó el primer premio en la exposición anual realizada por dicha institución. Tres años más tarde obtuvo el primer lugar en la Exposición del Círculo de Dibujantes Periodísticos de Chile, volviendo a conseguir dicho galardón al año siguiente.
En 1957, becada, viajó a España, donde permaneció tres años y realizó su primera exposición individual de acuarelas de hadas. Luego se trasladó a Italia e ingresó a la Universitá per Stranieri de Perugia, para estudiar historia del arte. Se asentó en Roma y después de dos años consiguió un trabajo estable en la Iniziative Editoriali. Allí ilustró la serie de cuentos clásicos «C’era una volta», perteneciente a la revista infantil Miao y creó la historia muda de «Coccinella» (Chinita).
Entre los años 1981 y 1982 trabajó para algunas revistas infantiles árabes de Bagdad. A causa de la guerra en ese país, no pudo continuar.
A pesar de la distancia, Elena Poirier nunca dejó de enviar sus contribuciones a Chile. Mandó ilustraciones para revistas infantiles (como El Peneca, El Cabrito, Simbad), libros de cuentos infantiles de autores tradicionales (Andersen, Perrault y los Hermanos Grimm), libros para editoriales (Zig-Zag y Rapa Nui) y, sobre todo, los dibujos que acompañan los cuentos de Alicia Morel: La Hormiguita Cantora y el Duende Melodía (1957), Cuentos de la Pícara Polita (1973), Polita va a la escuela (1985), Polita aprende el mundo, (1991), Aventuras del duende Melodía (1994) y Polita en el bosque (1996).
En 1989, Poirier donó al Museo Histórico Nacional gran parte de su trabajo: una colección de originales, estampas y acuarelas, además de los derechos sobre su obra, que luego se unieron a una segunda donación de su gran amiga, la escritora Alicia Morel. En total son más de setecientos documentos, ilustraciones y fotos personales de la artista.
El 28 de noviembre de 1998, murió en Roma, Italia, a causa de un cáncer pulmonar. Fue sepultada en Roma en el cementerio de Rocca di Pappa. En una lápida de piedra, sus amigas italianas esculpieron un fragmento de una carta de Alicia Morel que dice: «Elena, su mágico mundo de fantasía, especial y genial artista de corazón de niña».